La noche en el Tegucigalpa

este  cuento que integra el libro Erótica (Estuario, 2015), aquí se puede ver nota con Virginia Mórtola y Pablo Silva en Televisión Nacional (TNU, canal 5)




Aquella era otra madrugada más en el Tegucigalpa, o al menos eso parecía hasta que Clara alargó la mano a través de la saturación del humo, la música y el murmullo de la gente y me alcanzó un cigarrillo. Sus dedos rozaron los míos de un modo poco natural. Sentí una leve energía traspasándole la yema de los dedos con una intención de caricia –o al menos eso me pareció. La miré con sorpresa y ella se limitó a parpadear con sus largas pestañas. Tardé varios segundos en comprender que en realidad me había guiñado un ojo.
Aturdido, zarandeé el cigarro entre los dedos. No sabía qué pensar, ella era la esposa de mi mejor amigo, Lucho, quien además de estar sentado al lado mío era mi jefe inmediato: gracias a su dureza como inspector de policía bebíamos gratis en toda la ciudad, incluido el Tegucigalpa. Con alivio comprobé que continuaba absorto en los contoneos de una rubia de camisa breve y vientre chato que bailaba sola en la pista. Dejé escapar un suspiro involuntario y especulé, sin mucho convencimiento, con que acaso estaba ante una broma de Clara, otra más. La miré y le devolví una sonrisa (aunque ella no había sonreído). Fue una sonrisa insulsa, de cortesía, como si le dijera en tono cómplice “este Lucho... qué personaje tu marido, eh”. Pero las pupilas verdes de Clara no se alteraron. Al contrario, levantó una ceja y se puso seria; no quería saber nada de mensajes amables. Los labios finos y apretados, los pómulos marcados y la altivez de la barbilla reafirmaron la voluntad insolente. O directamente salvaje.
“Bien” concluí “no es broma. Supongamos que se refiere a eso...”.
La pregunta, inevitable, se disparaba sola: “¿qué carajos quiere hacer con su marido a veinte centímetros?”. La miré serio pero su insolencia continuó irreductible. Y franca, no se andaba con medias tintas. Y no parecía tener límite. Todo esto, claro, al lado de Luis Almeida, el Lucho, uno de los policías más pesados de la vuelta, un hombre que tenía menos pulgas que un galgo y los puños del tamaño de un pequinés. Me ofusqué. Encendí el cigarrillo con un ademán preciso y lancé una larga bocanada. Esto me distrajo, o mejor, me calmó un poco. Observé la ceniza que, gris, circunvalaba poco a poco la lucecita roja. Concentrado en la brasa pude reconocer que Clara me gustaba, diablos, siempre me había gustado. Y cómo. No porque tuviera un cuerpo fabuloso –era más bien delgada– o un rostro especialmente bello –aunque sí delicado, casi de primera comunión, si no fuera por la ferocidad de sus ojos de gata–, sino por su personalidad avasallante, que se ajustaba a su cuerpo como una malla y que parecía tensionarlo siempre un poco más allá, especialmente cuando caminaba o se movía. Recordé que siempre le habían gustado los riesgos y la ceniza cayó sobre la mesa.
¿Iba en serio? Igual, no había caso, por más vueltas que le diera no le veía ninguna posibilidad al asunto. Suponiendo que existiera, claro. De pronto sentí el impulso de cortar por lo sano y dejarme de pavadas. La miré fijo, serio. Quería dejar en claro que yo, amigo de ambos desde hacía mucho, había interpretado ese desliz como algo sin importancia, a lo más un accidente provocado por el alcohol o el humo –que a esa hora es terrible– del Tegucigalpa. Antes de entrar en berenjenales sin salida o –dado el temperamento de su marido, el temible Almeida– con salidas peligrosas, prefería mantener mi relación de amistad con ella. Una voz interior me acusó de hipócrita y arguyó que eso me permitiría seguir, como siempre, devorándola con la mirada cuando nadie me viera, pero la ignoré. No le hice caso y con cara de tahúr marqué los límites con una mirada tajante.
Clara sintió el regaño pero tuvo una reacción que conmovió mis cimientos. Redoblando la apuesta unió lenta e inexorablemente sus labios y luego los despegó. Lanzó un beso. Un beso. Increíble. Nadie lo notó, es cierto, y menos que nadie Lucho –ocupado como estaba en la rubia y en vaciar la botella de whisky mientras prendía un cigarro atrás del otro– pero yo sí. Un sudor frío me erizó la espalda. Pensé por reflejo en el 32 corto que siempre carga encima pero eso no me produjo ningún efecto. Poco a poco el escalofrío se me iba resumiendo en la entrepierna. Al siguiente minuto comprendí que la erección no me permitía pensar. Dejé con cuidado el cigarrillo en el cenicero y me moví inquieto en el asiento. El pubis me dolía cada vez más.
Clavadas en las mías, las pupilas verdes de Clara brillaban ahora inequívocas. Una mirada atenta –improbable a esa hora y en ese lugar– habría advertido que su cara sonreía, pero sus ojos no. Por algún otro reflejo estúpido volví a sonreírle pero eso no le gustó nada. Esta vez no tuvo contemplaciones y reprimiendo un gesto de contrariedad –que le hizo una curiosa arruga en la barbilla– comenzó a buscar en los alrededores, más allá de mí. Miré a Lucho, que seguía sin enterarse de nada. Mientras el cabaret hervía, la atención de Clara se alejaba a la velocidad de la luz.
Paseó su mirada felina por la pista semidesierta, las carcajadas apagadas de las mesas cercanas, las sombras de los camareros y los falsos farolitos chinos de luces rojas desvaídas hasta que se detuvo en la barra, donde se amontonaba la gente en busca de alcohol y oportunidades. Giré y descubrí los jóvenes, casi adolescentes, de tez oscura y esbozo de bigote. Uno de ellos no quitaba la vista de encima. Por su manera de vestir eran de clase baja y contrastaban con la clientela habitual del Tegucigalpa, que apuntaba a sectores más adinerados. Recordé que el dueño era homosexual, tal vez eso explicaba sus presencias. Estaban apretujados entre las parejas, incómodos por la inmovilidad, pero al minuto siguiente todos miraban como por ensalmo a Clara. Como la paciencia nunca ha sido una de sus virtudes miré a Lucho con la urgencia de alertarlo. Estaba claro que a la menor distracción nos sería infiel. Los ojos brillantes de mi jefe me correspondieron con una sonrisa; estaba en otro mundo y desde allí hacía señas amistosas. Yo le sonreí a mi vez, cada vez más consciente del fuego de aquellas miradas sobre el cuerpo de Clara, ajustado dentro de un mínimo vestido negro que ella estiraba con pretextos nimios mientras jugueteaba con su copa.
Recordé que Lucho odiaba a los mulatos. Más allá de su afición a la bebida, y de su temperamento violento, es un policía con un olfato extremadamente agudo. Era imposible que más allá del alcohol no percibiera la gravedad de la situación. Intenté expresar con mi mirada toda la incomodidad y desazón que sentía pero, para mi sorpresa, se limitó a mover la barbilla hacia delante. Luego alzó las cejas, en claro gesto de aleccionamiento. El mensaje era inéquivoco. “Dale para adelante”. Dale para adelante qué. De pronto Clara anunció que iba al baño y se levantó del asiento. Acarició la cara cuadrada de su marido y suspiró aparatosamente. Sus pezones se marcaron nítidos sobre la tela negra del vestido y, por si hiciera falta algún otro comentario, me fulminó con sus ojos verdes. Recibí aquella energía lúbrica mezclada con resentimiento como si fuera una bofetada. Cuando notó que su golpe había llegado a destino se alejó contoneándose como un leopardo. El movimiento, decididamente hipnótico, le marcaba la ropa interior y le estiraba las piernas. Lucho se apoyó en mi antebrazo y me sacó del trance. Fumigándome con aliento alcohólico, inclinó su cabeza y me susurró:
—Haceme caso. Está con vos. A otro no se lo diría, pero vos sos mi amigo. La conozco, está a punto de caramelo.
Lo miré incrédulo. Aquellas palabras eran insólitas, inhumanas. Lo miré, hablaba en serio, era increíble pero hablaba en serio. Alzó las cejas varias veces, para enfatizar el mensaje de un modo ridículo mientras le aparecían rayas blancas en el rostro rubicundo, enrojecido de alcohol. Comprendí que estaba muy borracho, demasiado, pero como siempre mantenía una consciencia total sobre cada uno de sus actos o palabras. Era un ebrio muy especial, un ebrio lúcido. Incapaz de responder algo coherente, negué con la cabeza. No podía ni siquiera a pensar en lo que estaba planteando. Él entonces cerró el puño sobre mi muñeca, acercó aún más los ojos rojos. Pude verlo de muy cerca, casi palpándome con la respiración. Su cara colorada, aquel pelo engominado, todo él inmerso en la emoción turbia de los eternos borrachos.
—Dale, Turro –dijo– hacelo por mí. Es flor de hembra y yo, aunque quisiera, no puedo –lánguida, la mirada se le veló de tristeza y se le perdió más allá del vaso y de la botella de Johnny Walker.
Por primera vez lo noté viejo, estragado por ríos de alcohol remontados a través de miles de noches. Pensé en consolarlo con los lugares comunes de rigor (“en el fondo te quiere”, “son inseparables”, “son tal para cual”, etc) pero depositó su manaza en mi hombro. Sentí la fuerza de los dedos gruesos y duros sobre la clavícula: aquella garra empujaba levemente, quería que me incorporara, que me fuera. Siempre duro y orgulloso exigía, más que respeto, que no le tuviera piedad. “Adelante”, dijo. Me detuve un segundo en aquellos ojos enrojecidos, noté su decisión. Pétrea, sólida. No podía seguir dándole más vueltas al asunto, así que dejé de resistir y me levanté, impulsado por el alcohol que también me envolvía y por la garra que desapareció de mi hombro. Sí, desde allá arriba, plantado en el lugar, decidí ir hacia donde me empujara la noche –modo algo oblicuo de confesar las ganas locas que me habían venido de voltear a Clara.
Lo dejé y me encaminé rumbo a la barra, hacia donde la había visto desaparecer. Avancé sin dificultad a través de la gente, el humo, la música y el entrechocar de los vasos. De pronto sentía una energía inusual corriendo a través de mis sentidos, que se habían afianzado como nunca. Al caminar me sentía más agudo, más liviano y exacto. Comprendí que la definición de mi destino aumentaba la eficacia de cada movimiento. La nube de alcohol se había evaporado y, a la inversa de lo que pasaba con la mayoría de los clientes del Tegucigalpa, me sentí despierto y alerta.
Sobreponiéndose al ruido ambiente me llegó la voz destemplada de Lucho. Gritaba mi nombre para darme ánimos o algo así. Desde luego eso ya no era necesario: la sangre me hervía sola. Alcancé la barra empujando romeos sin dificultad, pero no encontré a Clara. No estaba en ninguna parte.
Tal vez no había mentido con lo de ir al baño. Se me ocurrió que, bien mirado, eso era lo mejor: mi urgencia necesitaba de un lugar tranquilo. Recordé una puerta de salida a la calle que había por algún lado, cerca de allí. Podíamos desaparecer sin que nadie lo notara. Pero primero tenía que encontrarla, así que rodeé la barra desplazando gente, llegué al final del mostrador –que tenía forma de L– y avancé sin dilación por la derecha. Sabía que los baños estaban detrás de unas cortinas artesanales, oscuras y como de corcho, al final de un pasillo angosto y eran, lo mismo que la barra, las únicas superficies pintadas de blanco que había en todo el Tegucigalpa. Abrí la puerta que tenía el cartel de “Damas” y entré. “Llegado el caso”, pensé, “lo desalojo con un par de gritos. Un policía no puede esperar”. El espacio era bastante limpio e iluminado, aunque reducido a lo mínimo: una batería de tres baños, con puertitas que no llegaban al suelo, un gran espejo vertical en la pared y una pequeña mesada con dos lavabos algo cuarteados.
No se veía a nadie así que golpeé la puertita del primer baño. Nada. Repetí la operación y tampoco nada. En la tercera una voz adolescente y nerviosa gritó “ocupado”. Recordé que muchachas de buena familia, con padres que podían ser muy molestos, frecuentaban el antro en busca de drogas, de aventuras o de sexo rápido y salí de ahí sin pensarlo dos veces.  Estaba desconcertado, si no aparecía en el baño, ni  adelante, alrededor de la barra entonces... Miré incrédulo la puerta que tenía enfrente y que anunciaba “Caballeros”. Invadido por una súbita sospecha la empujé levemente con la mano pero no se abrió. O mejor dicho sí se abrió, pero apenas dos centímetros. La línea de luz se apagó de inmediato.
—¡No se puede! –gritó alguien adentro.
Entre el estrépito amortiguado de la música creí oír vagos sonidos de arrastre de bultos y unos golpes. Presioné el pestillo, sólo para confirmar que alguien empujaba contra él del otro lado. No lo pensé dos veces y pateé la puerta con violencia. Aunque no se abrió tanto como yo esperaba, –me di cuenta que eran dos los que aguantaban–, fue suficiente para meter el zapato e impedir el cierre.
—¡Eh, se meten! –gritó uno.
Esperé algo más de treinta segundos (sabía que con eso desconcertaría al que aguantaba la puerta, que esperaba la embestida enseguida) y la choqué con mi cuerpo. Los muchachos volaron por el suelo y la puerta se abrió como si se hubiera partido. Uno se reincorporó y el otro resbaló. Vi sus miradas, llenas de susto, que saltaban alternativamente de mis ojos al fondo del baño. Aproveché esa distracción y pateé con fuerza al que estaba en el suelo, que se enrolló como un perro. Dejé que el otro saliera corriendo por la puerta y avancé con calma hacia el fondo oscuro. Sin girarme, oí cómo el caído se levantaba y también huía. El baño compartía el mismo diseño del otro, pero tenía un estado deplorable. Antiguamente blancas, las paredes estaban oscurecidas por los graffitis y reblandecidas por la mugre, que también pegoteaba el piso y oscurecía las puertitas y el espejo herrumbrado. A diferencia del de Damas había, al final de la tercera puerta y detrás de una cortina mugrienta, un espacio destinado a guardar enseres de limpieza y cosas sin valor. Más al fondo aparecía una puerta de emergencia, clausurada. Seguramente daba al mismo callejón de la puerta que yo había buscado antes. El tabique que separaba el tercer baño del cuartito había desaparecido. Descorrí la cortina y me asomé con cuidado. Allí los vi. En medio de la penumbra, enfrentados, estaban los dos muchachos de piel oscura y bigote naciente, con los pantalones bajos y sin calzoncillos. Y en el medio de ellos, Clara.
Tenía el vestido enrollado en la cintura y sus glúteos relucían de manera especial en la penumbra. Tenía además una mano apoyada en la cadera del muchacho de enfrente, el más flaco, que, muerto de miedo, parecía querer deslindar la responsabilidad de que su miembro siguiera erecto a pesar de mi presencia. Ella, en cambio, con el pelo humedecido sobre la cara y la tez arrebatada por el calor, me miró entre curiosa y aprensiva. Escrutaba mi reacción. El otro muchacho, algo mayor y más seguro de sí mismo, me sonrió ladino y se apartó un poco, señalándome las nalgas, que brillaban como si se hubiera derramado sobre ellas un líquido dorado amarillento, similar al color de un lubricante mecánico. Sus dedos oscuros las recorrieron, rozándola apenas, y le dejaron unos surcos brillosos que desaparecieron de inmediato.
La indignación me hizo estallar y cerré los puños.
—¡Hijo de puta! –grité y avancé lleno de rabia, pero Clara levantó la cabeza y me paralizó con la mirada. Con una lentitud exasperante, sabedora de que todos estábamos pendiente de ella, se pasó la mano por el tórax, la bajó por la cintura y se acarició el glúteo dorado como si enseñara la carrocería de un auto de lujo.
Hecho esto, volvió a mirarme, con los ojos verdes achicados, y sonrió detrás del pelo. Mi furia se desplazó hacia ella y comencé a descontrolarme. La idea de molerlos a patadas, empezando por ella, creció hasta nublarme el cerebro. Incluso pensé en llamar a Lucho y dárselas entre los dos. Apreté los puños. Clara adivinó la violencia a punto de estallar. Conocía la mente de un policía, y por primera vez vi un reflejo de miedo en sus ojos. Entonces hizo una jugada inesperada, otra más: giró hacia el muchacho flaco, el que tenía enfrente y como si el resto no existiéramos tomó su miembro y empezó a besarlo con energía. Mientras hacía esto, golpeó sus nalgas contra el otro muchacho.
No había lugar a dudas, pero todos quedamos momentáneamente paralizados. El aludido, tan desorientado como yo, me miró con desconfianza y no hizo nada. Estudiaba mi reacción. Estaba dispuesto a pelear y no le interesaba ser golpeado en medio de un mete saca. Pasado un minuto y tras ver que no hacía nada, volvió a esbozar la sonrisa despreciable –ahora con la expresión de “ya entiendo” en sus ojos– y, ni corto ni perezoso, hundió sus dedos en la amplia cadera de Clara y la atrajo con violencia. Ella me lanzaba miradas cada vez más intermitentes e intensas. Cuando el muchacho mayor la penetró, su cabeza se irguió de golpe y sus labios se abrieron durante varios segundos, al mismo tiempo que apretaba los ojos. Luego los abrió, me miró y lanzó una pequeña risa, moviendo la cabeza como si dijera “todos son iguales”. Al principio no lo comprendía pero al fin entendí. No se fijaba en mí, sino en mi entrepierna: una erección descomunal me estallaba en la bragueta, a tal punto que me había encorvado ligeramente.
Cuando el beneficiado por los besos y caricias comenzó a sufrir los espasmos finales, Clara lo alejó de un manotazo y, vehemente y despeinada, mordiéndose los labios, alargó los dedos hacia mi erección. Con voz ronca, como de fuego, me llamó, o más bien ordenó que me acercara. Como si una fuerza descomunal me hubiera clavado al suelo me sentí enardecido y paralizado a la vez, pero aquella mano pudo más. Di el paso que exigía y pronto la tuve allá abajo; su frente sudorosa, su pelo mojado y la desesperación en la mirada. Cuando los dedos me alcanzaron me invadió un hormigueo de descarga eléctrica. Con ansiedad, hurgó sin orden ni concierto en mis pantalones: la vi tropezar en el apuro porque el otro muchacho golpeaba cada vez más agitado. Eso le agregaba una torpeza que el otro, cada vez más rápido, parecía buscar imponerle, como recelando de la competencia y reclamando atención.
Sentí una sensación líquida que se me abría en el pecho cuando vi avanzar aquellos labios resecados por la ansiedad, aquella lengua rosada que se relamía. Acercó su rostro de gata salvaje y solo con eso me inauguró una ebullición ardiente en la entrepierna que parecía a punto de estallar. El brillo de la frente, el sudor, el entrechocar de los cuerpos cada vez más breve, mi miembro al aire, el techo oscuro, el movimiento mínimo de los labios, el blancor refulgiendo en todas partes, sus ojos furiosos, la risa de él, la sensación líquida quemándome la piel y mojando la tela sin remedio, mi encorvamiento y la sensibilidad quemante en la cara interna de los muslos, la consciencia dulce de seguir así, sin que nada importe hasta el más allá, y de pronto el empujón de ella, su rechazo de verdulera y el insulto de arrabal con que me maldijo al ver que la fiesta había acabado antes de lo previsto, justo antes de que el muchacho, sin previo aviso, resoplara en el envión final, la removiera hasta el fondo y estallara en el aire.
Ya no me interesó calibrar sus ojos ni oír sus gemidos de gata enfurruñada. Ya no quise mirar; me di vuelta y salí con la incómoda sensación del líquido bajándome por los pantalones. Antes de salir me mojé la cara pero no quise mirarme al espejo. Cuando estuve preparado, resoplé, y luego abrí la puerta. Ahí estaba Lucho, más ebrio que antes. O quizás de pie se le notara más la borrachera.
—¿Dónde te metiste? –farfulló en la semilengua de los borrachos– La rubia sigue allá. Te dije que está con vos, Turro, haceme caso.
Me tomó el brazo y comenzó a apartarme, moviendo la cabeza.
–Dejame pasar, que me estoy meando.
Era enorme, un urso, pero lo miré distinto, como si no fuese mi jefe o como si no lo conociera desde hace años. Como si su prestigio de policía duro y efectivo le perteneciera a otro. Le tuve lástima. O amistad. O tal vez sentí piedad por mí, por todos.
—No –dije firme, después de pararlo con la mano– está ocupado. Pero entrá al otro, al de las mujeres –lo empujé hacia allí levemente– que yo te hago de campana.